domingo, 27 de enero de 2013

Boletín: 31 de Marzo de 2013

DORMIR EN TUS MANOS Lucas 23:46

Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró (Lucas 23:46)
Las manos de Dios son salvación. No están hechas para condenar. Si alguien, al final, se condena, es sólo en la medida en que huye de esas manos.
Las manos de Dios son resurrección. El no es Dios de muertos, sino de vivos, dijo Jesús. El no da muerte, Dios da vida. Jesús es vida para nosotros.

Porque las manos de Dios son, literalmente, las manos del Padre. Pero escribimos “Padre” con mayúsculas. Porque Dios no es “como un padre humano”. Dios es Padre, se dedica a ser Padre, es “sólo” Padre, sobre todo Padre, ante todo Padre. Esta fue la gran revelación de Jesucristo.

Por eso ahora Jesús muere tranquilo: sabe bien donde pone su cabeza. Acabó el combate, es hora de descansar, en las manos de su Padre.

Con la sencillez y ternura con la que un niño pequeño hace su oración antes de dormir y recordando la primera oración que José le enseñó en su más tierna edad, Jesús dice: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23:46) Jesús se prepara para, literalmente, dormir en paz.

Levanta aún una última mirada. Ama este mundo. Lo ama porque él lo hizo. Se ha sentido a gusto siendo hombre, a pesar de todo. Mas ya no tiene fuerzas. Su cabeza desciende. Una gota de sangre rueda desde la frente a la mejilla, de la mejilla al suelo, suena en el silencio de la tarde. Muere. Ha muerto. Pero en realidad, está dormido.

Pablo se refiere a los creyentes que han fallecido como “los que duermen”:
“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1ªCorintios 15:51)
“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1ªTesalonicenses 4:13-14)

Al morir Jesús pronuncia una frase que era habitual para los niños antes de dormir pues Jesús va a dormir en paz. Ahora todos los creyentes que llegan a fallecer, no mueren, más correctamente “duermen”, en espera del regreso de Jesús.

Pablo enseña que nuestra fe en Jesús y nuestra convicción en la muerte y resurrección de Jesús deben ser la base para nuestra confianza firme de que nuestros seres queridos que han fallecido, creyendo en Cristo Jesús, no están muertos, descansan en el paraíso:
“Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)

“El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas. Y hallaron removida la piedra del sepulcro; y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea” (Lucas 24:1-6)

Conforme a lo que Jesús mismo les había dicho a sus discípulos, al tercer día habría de resucitar. Al llegar las mujeres al sepulcro lo encontraron vacío; Jesús había despertado y se había levantado. La resurrección de Jesús valida todas sus palabras y todo su ministerio.

Pedro, en su primer sermón habla valientemente y entusiastamente de esta resurrección: “Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que…habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos…Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor Y Cristo” (Hechos 2:29-36)

Pablo nos brinda una reflexión sobre esta resurrección: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11)

Este pasaje nos enseña, primeramente que Jesús fue “levantado de los muertos” por el Espíritu Santo. Al morir en la cruz del Calvario, Jesús encomendó su ser al Padre y se durmió; al tercer día fue levantado, resucitado por el Espíritu Santo.

También este pasaje nos enseña que nuestra fe en la resurrección de Jesús tiene implicaciones espirituales para nuestra vida hoy: Puesto que el Espíritu Santo mora en nosotros y nosotros creemos en la resurrección de Jesús, entonces podemos confiar en que el Espíritu Santo nos dará una nueva vida:
“…a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4)
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2ªCorintios 5:17)

Jesús resucitó
Jesús ha sido exaltado
Ahora nosotros tenemos una bella oportunidad de vivir una nueva vida en Cristo Jesús por el poder vivificante de su Espíritu. AMEN
JFVS

Boletín: 29 de Marzo de 2013

CONMIGO EN EL PARAISO Lucas 23:39-43

Quienes eran estos dos hombres, no lo sabemos. En torno a ellos se han tejido cientos de leyendas. Se les han atribuido docenas de nombres (Dimas y Gestas son los más comunes) Pero nada sabemos con verdadero peso histórico. Pero iban a convertirse, en la cruz, en paradigmas del ser humano ante el dolor. El sufrimiento lleva a los seres humanos a opciones radicales y opuestas. Puede liberar almas, puede también esclavizarlas; hay cruces de blasfemia y cruces de paraíso. Sobre la colina del Calvario las tres cruces parecen idénticas. A los ojos ofrecen el mismo horrible espectáculo, la misma tragedia. Y sin embargo, hay tres hombres en cruz; uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia.

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. (Lucas 23:39)

Estas palabras encerraban ironía y sarcasmo, cólera y violencia. Había oído a quienes insultaban a Jesús; escuchaba cómo le llamaban Mesías salvador; había podido leer el título que, sobre su cabeza, le proclamaba rey. Y en su grito, se mezclaba el insulto y la desesperación. Quizás su desesperación tenía la fría e irremediable dureza que se percibe en ciertos ateos contemporáneos nuestros. Si es así, tuvo que sentir un infinito desprecio hacia Jesús, el mismo que hoy sienten muchos ateos hacia los creyentes. ¿Cómo es que éste aún no ha entendido la nada de toda existencia? ¿En qué espera? ¿Por qué espera? ¿Cómo ni en la misma cruz abandona su sueño? Su grito, entonces, estaría cargado del más feroz sarcasmo ¡Anda, sálvate a ti mismo y de paso, a nosotros!
No sabemos qué especie de rebeldía habitaba el alma de este hombre. Pero sí que, pasó junto a la salvación sin descubrirla. ¿Entró así a la muerte? ¿Se quedó para siempre clavado en su odio? ¿O llegó a su alma un rayo tardío de luz, tal vez tras la muerte de Jesús, una luz que abriese la noche de su alma? Aquí nuestras preguntas tienen que quedarse sin respuesta alguna.

Aún más enigmática es la figura del segundo malhechor. Mateo y Marcos nos dicen que los dos crucificados se burlaban de Jesús. Solo Lucas nos detalla un cambio de actitud en uno de ellos. Su dolor en la cruz era atroz, como el de sus dos compañeros. Pero la ruina de su cuerpo no había llegado a su alma. La tenía lo suficientemente despierta como para descubrir a Jesús en medio del dolor.
Para este hombre, el dolor había sido verdaderamente fecundo. La orilla de la muerte había despertado en él la voz de Dios. Y a esa luz había entendido la justicia de su condena. En medio de su dolor horrible había sabido olvidarse de su cuerpo para reconstruir su vida y llegar a la conclusión de que era culpable.

Pero aún había ido más allá. Ordinariamente el dolor nos cierra el alma. Quien sufre termina por convencerse de que sólo él sufre. Se torna incapaz de comprender todo otro dolor. Con este hombre no había sido así. Desde la misma cruz, supo salirse de su tragedia para examinar, conocer y comprender a Jesús. Muy bien pudo ser testigo del proceso de Jesús ante Pilato. Conoció, al menos, su digno silencio durante el camino hacia el Calvario y oyó cómo, por toda respuesta a los insultos, pedía perdón para quienes le ofendían y trataba de disculparles ante un Padre que, para este malhechor, no podía ser otro que Dios.
Probablemente también él, al principio, como señala Marcos y Mateo, se unió a los que insultaban. Pero el silencio y la dignidad de Jesús le golpearon ¿Y si fuera verdad? ¿Y si este hombre fuera verdaderamente el Mesías esperado? Esta idea rebotaba en su cerebro como un absurdo ¿El Mesías muriendo así? ¿Y si fuera verdad? ¿Y si tras esta vida hubiera otra, otro Reino en el que este hombre triunfará? Lo que fue al principio una sospecha se hizo una duda, después una posibilidad, finalmente un comienzo de certeza. La seguridad que veía en Jesús no era de este mundo. No había blasfemado de Dios, no renegaba de la vida. Se mostraba sereno y tranquilo. Era, evidentemente, un hombre bueno, un justo.

En medio de sus dolores el malhechor buceaba por su alma y por la verdad. Excavaba en ella como en un pozo. Y, poco a poco, notaba que su corazón se iba pacificando, como si la verdad fuera agua fresca. Tal vez la muerte de un justo, de un solo justo, fuese suficiente para hacer girar el mundo. Quién sabe, incluso, si no estaba a punto de brotar un alba nueva, un mundo donde todo sería diferente. Se sintió pobre y niño y, en su debilidad, descubrió que necesitaba una mano que le sostuviese, como su madre lo había hecho en la infancia. Era, como lo diría Jesús en su magistral sermón: un “pobre en espíritu”.

Y ahora el malhechor dice unas palabras asombrosas a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. (Lucas 23:42) y no se sabe qué admirar más: si la sencillez de sus palabras, si su ausencia de ambiciones, o si su vertiginosa fe. Dos de los apóstoles, Santiago y Juan, habían pedido, casi exigido, los primeros puestos en el Reino. Este malhechor pide simplemente un recuerdo y resulta triunfador. Un moribundo ve a Jesús moribundo y le pide la vida; un crucificado ve a Jesús crucificado y le habla de su Reino; sus ojos ven cruces, pero su fe ve un trono majestuoso. Pero, además, trono trascendente. Este malhechor sabe que los dos van a morir; y está seguro, sin embargo, de que hay un Reino que les espera.

Y la respuesta de Jesús no puede estar más preñada de contenidos. Se abre con un “de cierto te digo”, que para un judío, tenía la solemnidad de una promesa. Y luego ofrece al malhechor mucho más de lo que pedía: “Hoy” ¡que prontitud! “Conmigo” ¡Qué compañía! “En el Paraíso” ¡Qué descanso!

Pero, en rigor, el verdadero premio que Jesús promete al malhechor no está en la palabra “paraíso”, sino en la palabra “conmigo”. Porque la belleza del paraíso es Jesús. Este paraíso, es un lugar de descanso, reservado para los creyentes que “mueren en Cristo”, para su descanso, en espera del regreso de Jesús. Es tal el descanso que aquí se experimenta, que Pablo designa a los muertos en Cristo como “dormidos” (1ªCorintios 15:51-52; 1ªTesalonicenses 4:13-18)

En la cruz se inaugura las nuevas medidas de las cosas: Judas, se pierde; María Magdalena, se salva. El Sumo Sacerdote, que llevaba toda la vida examinando las Escrituras no reconoce a Jesús; y el centurión, sólo con verle morir, descubre todo. Un malhechor muere blasfemando y el otro entra en el paraíso de la comunión con Jesús. La verdad triunfa sobre las apariencias. Ahora entendemos aquella frase misteriosa que ya encontramos en los comienzos del Evangelio: Jesús sabía lo que había en el hombre (Juan 2:25) y en aquel malhechor, de quien desconocemos hasta el nombre, había algo que salvar: AMOR.
JFVS

Boletín: 24 de Marzo de 2013

PERDONALOS PADRE Lucas 23:34

Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen… (Lucas 23:34)

La frase de Jesús se pronunció cuando, concluida la orgía de insultos, la cima del Calvario comenzó a quedarse sola. Era la hora de la oración. Jesús, que había evitado hablar cuando le azuzaban, que había esquivado todo tipo de respuesta polémica, se volvía ahora a su gran soledad interior para hablar con su Padre. Todo podía temblar menos su gran certeza de que el Padre le escuchaba ¡Había enseñado tantas veces a los suyos a orar, levantando el corazón a Dios! Ahora quería aprovechar sus últimos minutos de vida para orar.

Pero no oraba por sí mismo. Pedía, sí, por sus enemigos, pero ni siquiera que ellos le comprendieran, o que fuesen castigados; más bien que fueran perdonados. En realidad ponía en práctica lo que había predicado: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mateo 5:44) Ahora Jesús aprovechaba sus últimos minutos de vida para realizar esa oración y ese amor. ¿Y por quiénes oraba? En primer lugar por los responsables directos de su condena y su crucifixión: Caifás, Anás, Pilato, Herodes, Judas, fariseos, saduceos, escribas.

Pero ¿era cierto que Judas no sabía lo que hacía? Había vivido junto a Jesús tres años, fue testigo presencial de todos sus milagros, escuchó todas sus palabras. Había comido del pan multiplicado, bebió el agua convertida en vino. Era testigo de la pobreza en que Jesús vivía; conocía su falta de ambiciones humanas y el sentido trascendente de su misión ¿y no sabía lo que hacía al traicionarle?
¿Y Anás y Caifás? Eran profesionales de la ley, conocían mejor que nadie los anuncios proféticos que habían descrito a Jesús con minuciosidad de dibujante. Estaban perfectamente informados de la resurrección de Lázaro; medían mejor que nadie la aguda intuición del pueblo al seguir a Jesús. Por tres años habían desplegado una multitud de espías para seguir cada paso, cada palabra y cada prodigio de Jesús, de él sabían todo ¿y no sabían lo que hacían?
¿Y Pilato? ¿Acaso no había proclamado él mismo por tres veces que Jesús era inocente? ¿No dijo y repitió que no encontraba causa en él? ¿No recibió el aviso de su misma esposa, proclamándole “justo”? Pilato no sólo había actuado contra su conciencia, sino que era perfectamente consciente de ello. Sabía muy bien que la única razón que le empujó a firmar la sentencia había sido su propio miedo; había cedido, no a las razones, sino a las amenazas de ser denunciado ante el emperador. El mismo se sintió tan falso que había precisado un gesto retórico ante la multitud: lavarse públicamente las manos de una sangre que proclamaba inocente ¿Y no sabía lo que hacía?
La misma multitud que había hecho presión ante Pilato ¿podía argüir ignorancia? Por las calles de la ciudad andaban los paralíticos curados por él, los ciegos a quienes devolviera la vista le vieron cargar con su cruz.

Jesús, que conoce hasta el fondo la naturaleza humana, pues como Dios es obra suya y como humano la comparte, sabe mejor que nadie hasta qué punto el ser humano se ciega a sí mismo y se vuelve ignorante de cuanto le molesta, culpablemente ignorante, pero ignorante al fin.

Judas logró sin duda convencerse a sí mismo de que lo que hacía era bueno para su pueblo; Caifás terminó por sentirse defensor de Dios al empujar a Jesús hacia la muerte; Pilato pensó que el agua de la palangana le limpiaba de un error, que, en definitiva, no era suyo. Eran, así, al mismo tiempo culpables, y por eso Jesús pide perdón para ellos, que no son más que unos ciegos e ignorantes; actuando por emoción.
Más tarde cuando Pedro hable a los judíos de la crucifixión de Jesús dirá: Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes (Hechos 3:17) Siempre, a fin de cuentas, el que peca está ciego o se ciega voluntariamente. El pecado es, en el ser humano, la demostración de su ignorancia, de su ceguera, de su falta de amor.
Esta ceguera es la más alta de las tragedias humanas: el ser humano no sabe lo que hace, ni para el bien, ni para el mal. Satanás le prometió a Eva que si traicionaba el amor de Dios, desobedeciendo, sería como Dios, sabiendo el bien y el mal (Génesis 3:4-5) y era sólo una mentira. El ser humano no es capaz de discernir lo bueno de lo malo, incluso a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo (Isaías 5:20) El ser humano no sabe, no sospecha siquiera la importancia que tiene para Dios su pobre y pequeño amor. Como el ser humano no ama, no sabe hasta qué punto es amado; no sospecha hasta qué hondura hiere cuando niega ese amor y hasta donde alegra cuando se entrega. En ese engranaje de Dios con el ser humano, éste mide con su pequeña medida de ciego, pero para Dios las medidas son infinitas. Cuando el ser humano opta por Dios o contra Dios, mide su opción con las mismas coordenadas que cuando elige este o aquel plato de comida. No logra descubrir que opta por el bien infinito o por el mal infinito.

Por eso, Jesús ahora se precipita a pedir perdón para el ser humano; pues no contempla sus ofensas, mira más allá de ellos, divisa su destino eterno. Es por ese destino que está clavado a la cruz. Y no tiene otras palabras que las del perdón pues: no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (Juan 3:17)
Porque, en realidad, es para el mundo entero para quien está pidiendo perdón. Por eso Jesucristo no concreta. Sí, en un primer círculo, piensa en los responsables directos de su condena, en un segundo círculo estamos todos los que de alguna manera somos responsables; todos cuantos alguna vez hemos pecado; todos cuantos hoy –aun sabiendo y pregonando que Jesús es Dios- continuamos siendo ignorantes y ciegos, al seguir pecando.
Al orar por nosotros, Jesús nos ve desde su corazón, ahí no había condenas, ahí la primera de las palabras sustanciales no podía ser otra que “perdón” ¿No era ésta, en definitiva, la clave radical de toda su vida, la primera y la última razón de su muerte?

Jesucristo ha venido a brindarte el perdón de pecados para que disfrutes de su amor. AMEN
JFVS

Boletín: 17 de Marzo de 2013

SIMON EL ELEGIDO Lucas 23:26-32

23:26 Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.
23:27 Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él.
23:28 Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
23:29 Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron.
23:30 Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos.
23:31 Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?
23:32 Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos.

Jesús iba conducido por soldados romanos desde el palacio de Pilato hacia al monte Calvario; estos soldados era un grupo especializado en crucifixiones.
Las mujeres que siguen aquí a Jesús eran las que habitualmente atendían a los condenados como un “servicio social”. Jesús se conmueve ante los sufrimientos que esperan a estas mujeres y a sus hijos en la guerra del 66-70 d.C. En sus palabras Jesús quiere expresar que su muerte en la cruz del Calvario no debe ser visto como una tragedia para ser llorada; tragedia es la que les espera a los habitantes de Jerusalén en la invasión que se avecina.

La muerte de Jesús en la cruz del Calvario no es una tragedia, es el plan de Dios para nuestra salvación, es el cumplimiento supremo de la voluntad de Dios y es la victoria espiritual en la aparente derrota física. Las apariencias engañan.

En v31 el inocente, “El leño verde” es Jesús; los culpables, “el leño seco” son los judíos que sufrirán el asedio de Jerusalén. El odio y el instinto violento que está latente en el ser humano es capaz de aplicar dolor y sufrimiento al inocente, ¡cuánto más al culpable!

Lucas menciona la presencia de dos criminales que iban a ser ejecutados con Jesús, es cumplimiento profético: “…y fue contado con los pecadores…” (Is 53:12)

En v26 Simón de Cirene viene del campo, frase que quiere indicar que había pasado la mañana trabajando la tierra y ahora viene a la ciudad, seguramente a almorzar ¿En que vendría pensando? ¿Cuáles eran sus preocupaciones? ¿Venía feliz o triste? Lo cierto es que su vida está a punto de cambiar porque va a tener un encuentro con Jesús.

Nosotros también, andábamos por el mundo, caminando quien sabe porque caminos y quien sabe en que estaban ocupados nuestros pensamientos cuando también tuvimos un encuentro con Jesús que cambió nuestra vida.

El encuentro de Simón con Jesús fue “raro”; pero ¿qué decir del nuestro?
Mientras él quiere entrar a la ciudad ve que de ella sale una multitud de personas que sigue a una guardia de soldados romanos que conducen a tres presos condenados a la crucifixión. Tal vez alcanza a ver como uno de ellos cae al suelo y sobre su espalda el pesado madero. El centurión romano comienza a buscar entre los presentes y fija su mirada precisamente sobre Simón y con despotismo le ordena cargar la cruz de Jesús.

Simón de Cirene ha sido elegido; obligado a cargar con un pesado madero, seguramente que contra su voluntad y a regañadientes tuvo que obedecer. Pero esta acción de Simón, de ser “obligado” por soldados romanos a cargar con la cruz de Jesús y que seguramente realizó contra su voluntad y de mala gana, es en realidad, cumplimiento de las Sagradas Escrituras:
“y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto.” Levítico 16:21
El macho cabrío representa a Jesús; Él lleva nuestros pecados.
El hombre destinado representa a Simón de Cirene; destinado, entonces, por Dios Padre para ser parte del plan redentor.
Seguramente que en ese momento Simón nada de esto pensó; seguramente realizó esta tarea de mala gana; seguramente se enojó. Pero sin saberlo estaba siendo parte del plan redentor de Dios y estaba dando cumplimiento a las Sagradas Escrituras.

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” (Romanos 8:28)
Si a los que amamos a Dios todas las cosas nos ayudan a bien ¿Por qué vivimos con amargura? ¿Con angustia? ¿Con miedo? ¿Con incertidumbre? Muchas de las cosas que acontecen a nuestro alrededor no parecen tener sentido, no le hayamos lo agradable; pero por fe, podemos saber que todo contribuye para nuestro bien pues todo forma parte de un plan de Dios que incluye nuestro crecimiento espiritual y nuestra participación en la misión de ganar a más personas para Cristo

La reflexión, inspirada por el Espíritu Santo, sobre el acontecimiento de este “salir” de Jesús, en comparación con el sacrificio descrito en Levítico 16 lo podemos leer en la Carta a los Hebreos:
“Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.” Hebreos 13:11-12
“Y sacarán fuera del campamento el becerro y el macho cabrío inmolados por el pecado, cuya sangre fue llevada al santuario para hacer la expiación; y quemarán en el fuego su piel, su carne y su estiércol.” Levítico 16:27
Jesús tenía que morir fuera de la ciudad de Jerusalén para así dar cumplimiento a las Sagradas Escrituras en el sentido de “sacar” el pecado.

Nada en el ministerio, pasión y muerte de Jesús fue accidental; todo fue parte del plan redentor de Dios.
Nada en nuestra vida como cristianos es accidental; todo forma parte de un plan de Dios que busca nuestra “santificación”, que demos fruto que glorifique a Dios, fruto de amor, a Dios, a nuestros hermanos, a nuestro prójimo.

Todo aquí en la tierra es temporal; nosotros solamente estamos de paso y nuestra prioridad aquí es mejorar nuestra comunión de amor con Dios y ayudar a otros a mejorar su comunión de amor con Dios.
AMEN
JFVS

Boletín: 10 de Marzo de 2013

REPOSO DE DIOS Génesis 2:1-3

2:1-3 Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.

Esta palabra “reposo” describe la actitud de Dios respecto a lo creado en la tierra para el sostenimiento de la vida. Todo lo que se requiere para que la tierra sea habitable ha sido hecho y todo lo hecho por Dios es calificado como “bueno”.

Más aún, este pasaje declara que Dios ha “bendecido” este “reposo”, la bendición consiste en que este “reposo” tiene, de parte de Dios, fuerza regeneradora; pues lo que Dios bendice se llena de vitalidad, se regenera, produce paz.

Este “reposo” ha sido “santificado”, apartado para servir a Dios; se trata de un tiempo reservado para el servicio a Dios y puesto que Dios vive en la eternidad, se trata de una oportunidad para el ser humano.

Este “reposo de Dios” es como un paréntesis de eternidad en medio del tiempo humano, lleno de afanes y trabajos. Este “reposo” es una bendición para nosotros.

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Yahvéh tu Dios…” (Éxodo 20:8-10) Dios invita a su pueblo a hacer un alto en su rutina diaria y apartar un día a la semana para disfrutar del “reposo de Dios”. Así como Dios “santificó” ese día, ahora invita a su pueblo a tomar una determinación voluntaria de separar ese día para Dios.

“Aconteció que al pasar él por los sembrados un día de reposo, sus discípulos, andando, comenzaron a arrancar espigas. Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿Por qué hacen en el día de reposo lo que no es lícito?” (Marcos 2:23-24) Los fariseos habían transformado este “reposo” en un día de prohibiciones. Lo que debía ser un tiempo de agradable descanso se había convertido en pesada carga.

“También les dijo: El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.” (Marcos 2:27) Jesús aclara que el día de reposo fue “hecho” por causa de los seres humanos, para aliviar sus cargas y afanes, para apartar un tiempo para buscar a Dios.

“Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” (Marcos 2:28) Con esta declaración Jesús establece su autoridad divina, ya que fue Dios quien “santificó” ese día en Génesis.

Ahora deliberadamente hará Jesús diversas actividades, sobre todo de sanidad, en esos días de reposo, para ayudar a todos a entender el verdadero sentido del “reposo de Dios”.

“Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” (Juan 5:16-17) Ciertamente Dios “reposó” de su actividad creadora, pero no permanece inactivo, está activamente participando en un proyecto en el que Jesús entusiastamente también trabaja: nuestra salvación.

¿Debemos hoy los cristianos guardar el sábado? Los cristianos de cultura griega en la ciudad de Colosas ciertamente no lo hacía aunque eran criticados por los judíos: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir…” (Colosenses 2:16-17)

La iglesia en Roma estaba integrada por cristianos de raza judía que sí guardaban el sábado y cristianos de raza griega que no lo hacían: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente.” (Romanos 14:5)

Nosotros, como la mayoría de los cristianos, desde sus inicios, hemos trasladado el día de reposo del sábado al domingo para celebrar la resurrección de Jesús.

Pero el autor de la Carta a los Hebreos nos brinda el sentido espiritual de este reposo: “Pero los que hemos creído entramos en el reposo…aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día.” (Hebreos 4:3-4)

El autor de la Carta declara que este “reposo” consiste en establecer una comunión con Dios: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16)

Es la Carta a los Hebreos la que nos brinda el entendimiento espiritual para interpretar la intención de Dios al establecer este reposo: COMUNION.

Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28) El reposo de Dios se abre hoy a nosotros como invitación de Jesús para establecer una comunión de amor con Dios.

La naturaleza esencial de Dios es vivir en amor, en comunión fraternal; entramos a este “reposo de Dios” por “creer en Jesús” y vivimos en este reposo por cultivar una correcta comunión de amor con Dios; por tanto entremos en el reposo de Dios
AMEN
JFVS

Boletín: 3 de Marzo de 2013

HAGAMOS AL HOMBRE Génesis 1:26-27

1:26-27 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

“Hagamos”.
El Salmo 102 es una oración dirigida a Yahvéh, en v25 leemos: “Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos.” Dios Padre es Creador.
El Evangelio de Juan inicia su relato indicándonos que en el “principio” Jesús estaba presente en diálogo con su Padre: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” En v3 leemos: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” Jesús es Dios Creador.
En Génesis 1:2 se destaca la presencia del Espíritu Santo en la tierra para crear orden y vida: “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.” El Espíritu Santo es Creador.
Si bien la palabra “Trinidad” no aparece en la Biblia, es claro que aquí están las Tres Personas que integran a Dios y que ellas existen en diálogo permanente.

“Al hombre”. En este momento Dios Padre dialoga con Jesús y con el Espíritu Santo para establecer solemnemente que ha llegado el tiempo oportuno para la creación del ser humano. Todo lo que Dios hace tiene propósito y todo este acto de regenerar el orden y la vida en la tierra tenía como propósito crear el escenario para la llegada del ser humano y con él la puesta en marcha del gran plan de salvación: “ya destinado desde antes de la fundación del mundo…” (1ªPedro 1:20)

“A nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” La naturaleza esencial de Dios es existir en diálogo y va a crear un ser con el cual, por su semejanza, pueda entrar en esta relación de diálogo con Él.

“Y creó Dios al hombre a su imagen” El ser humano fue creado a “imagen de Dios” (en hebreo: célem Elohim) Así, el ser humano procede de una Palabra de Dios en diálogo consigo mismo y para entrar en diálogo con Dios: “…cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20)

“Y señoree” Célem, en hebreo, describe una estatua, una copia del original. Así como los reyes levantaban estatuas suyas como distintivo de su soberanía sobre sus provincias, el ser humano ha sido puesto en la tierra como signo de la existencia de Dios. El ser humano, en su capacidad de dominio y control sobre los animales de la tierra y el mar, es prueba de la existencia de Dios. Que simpático resulta que estemos buscando “pruebas” de la existencia de Dios.

Por ser creación de Dios, Él nos conoce desde el principio: “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre…mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.” (Salmo 139:13-16)
Por ser creación de Dios, Él nos conduce a plenitud de vida: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” (Salmo 16:11)

No estamos aquí por casualidad o por accidente; Dios nos creó con propósito: “…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)

“Varón y hembra los creó” Dios creó personas masculinas (en hebreo: “zacar”) y personas femeninas (en hebreo: “neqeba”) esta es la imagen de Dios. La naturaleza bisexual de la humanidad sugiere que el amor es la relación humana básica.

Por voluntad de Dios el ser humano no ha sido creado solitario, sino que ha sido creado para la convivencia. El concepto total de “humano” no se contiene sólo en el varón, sino en el varón y la hembra. Ni el varón ni la mujer son “humanos” en individualidad, solamente ambos y en armonía como imagen de Dios que dialoga fraternalmente.

Entonces las personas fuimos creadas para amar y vivir en convivencia. Al final, solamente en convivencia se podrán satisfacer las necesidades profundas de la naturaleza humana y esta convivencia debe ser sin discriminación alguna pues todos somos imagen de Dios.

“Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:27-28) Todos y cada uno de nosotros somos “imagen de Dios” y por tanto no debemos hacer distinciones discriminatorias entre nosotros; debemos aprender a convivir juntos en fraternidad pues esta convivencia es la que nos hace “humanos”.

En este contexto visualizamos mejor las palabras de Jesús:
“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.” (Juan 15:12) Porque somos “imagen de Dios” debemos amarnos y vivir en diálogo fraternal.

“Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.” (1ªJuan 4:12)
Quieres saber cómo es Dios: observa la convivencia fraternal sincera de las personas y así es Dios en su naturaleza esencial, en su “imagen”.
En la convivencia fraterna Dios se hace presente manifestándose en amor, por tanto “amémonos unos a otros”.
AMEN
JFVS

Boletín: 24 de Febrero de 2013

VIO DIOS QUE ERA BUENO Génesis 1:4-5

1:4-5 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.

El v5 termina con la frase “fue la tarde y la mañana un día”
El v8 termina con la frase “fue la tarde y la mañana el día segundo”
El v13 dice: “Y fue la tarde y la mañana el día tercero”
El v19 dice: “Y fue la tarde y la mañana el día cuarto”
El v23 dice: “Y fue la tarde y la mañana el día quinto”
El v31 termina con la frase “fue la tarde y la mañana el día sexto”

Claramente la intensión de estas frases es la de establecer seis periodos de 24 horas cada uno, “un día”, como nosotros lo llamamos.

Pero no dice el texto de Génesis que Dios creó el universo en 6 días. Eso corresponde a la declaración de v1. Debemos recordar que en v2 se asume que un gran cataclismo dejó la tierra “desordenada y vacía” y ahora, a partir de v3, Dios comienza un proceso regenerativo de la tierra como lugar de vida, que tiene una duración de 6 días.

Así, no debe haber contradicción entre las declaraciones de Génesis y las teorías científicas. Entre v1 y v2 bien pudieron pasar todos esos eventos que los científicos nos explican con gran entusiasmo, incluyendo las historias de los dinosaurios y las de los Picapiedra.

Pero hoy a nosotros nos interesa otra declaración de este pasaje de Génesis:
El v4 dice: “Y vio Dios que la luz era buena…”
El v10 termina con la frase “Y vio Dios que era bueno”
El v12 termina con la frase “Y vio Dios que era bueno”
El v18 termina con la frase “Y vio Dios que era bueno”
El v21 termina con la frase “Y vio Dios que era bueno”
El v25 termina con la frase “Y vio Dios que era bueno”
El v31 dice: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.”

A lo largo de todo este proceso regenerativo, Dios declara que todo lo que ha hecho es “bueno”. No hay nada malo en la naturaleza esencial de todo lo creado por Dios ya que Dios mismo es bueno: “Porque Yahvéh es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones.” (Salmo 100:5)

La acción de Dios en nuestra vida es “buena”, por eso podemos unirnos a la declaración del salmista: “Bien has hecho con tu siervo, oh Yahvéh, conforme a tu palabra…bueno eres tú y bienhechor; enséñame tus estatutos.” (Salmo 119:65-68)

En ese contexto de la acción bondadosa de Dios es que podemos leer este precioso texto, lleno de esperanza, en medio del dolor y la devastación de una ciudad y una nación conquistada:

“Por la misericordia de Yahvéh no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi porción es Yahvéh, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré. Bueno es Yahvéh a los que en él esperan, al alma que le busca.” (Lamentaciones 3:22-25)

Nosotros también podemos esperar en Yahvéh nuestro Dios y Salvador, sabiendo que cada mañana se renueva su misericordia y que Él es bueno con nosotros.

También nuestra vida estaba desordenada y vacía, pero la Palabra de Dios ha sido escuchada por nosotros y la recibimos con expectación y experimentamos ese poder creativo de Dios que trajo nueva vida y luz a nuestra existencia:

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2ªCorintios 5:17)

Esta regeneración de nuestra vida es un proceso que ha dado inicio desde el momento en que comenzamos a escuchar con entendimiento la Palabra de Dios, pero este proceso no ha terminado, ha de continuar hasta llegar a la meta de Dios:

“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 1:6) Observemos que esta “obra” de Dios en nuestra vida es calificada también por Dios como “buena”.

Todo lo que Dios está haciendo en nuestra vida es “bueno” y veremos esta obra el día en que Jesús regrese por nosotros: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.” (Colosenses 3:4) Y Dios verá su obra en nosotros y dirá que es “buena”.

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2) Observemos que la voluntad de Dios es calificada como “buena”.

Lo que Dios quiere es traer orden y vida a nuestra existencia; su voluntad es “buena” para nosotros; escuchemos con atención la Palabra de Dios y dejemos que su Palabra renueve nuestro entendimiento para disfrutar de sus bondades en una vida abundante y con propósito.
AMEN
JFVS

Boletín: 17 de Febrero de 2013

DIJO DIOS Génesis 1:3

1:3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

El universo en su totalidad, materia y energía, es resultado de la voluntad de Dios expresada en palabra: “dijo Dios”.

“Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras…” (Salmo 19:4)
“Voz de Yahvéh con potencia; voz de Yahvéh con gloria.” (Salmo 29:4)

Esta palabra de Dios está llena de poder creador; lo cual nos remite a la Carta a los Hebreos: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.” (Hebreos 11:3)

Es por la fe que entendemos que el Cosmos fue el resultado del poder creativo de Dios manifestado por medio de su Palabra. Llegamos a esta certeza porque la misma Palabra de Dios nos ha hecho “nacer de nuevo”: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.” (1ªPedro 1:23)

Así como la Palabra fue el instrumento de Dios para la creación del Cosmos, también es el instrumento para crear una nueva vida, abundante y con propósito.

En el pasaje de Hebreos 11:3 la expresión “entendemos” no se refiere a un conocimiento adquirido por investigación; designa el conocimiento adquirido por “revelación divina”.

En el pasaje de Hebreos 11:3 la expresión “constituidos” significa: perfectamente ajustados. La armonía que existe en el universo y que ha fascinado a científicos es el resultado de la voluntad de Dios con un propósito.

Ver el universo como creación de Dios es declaración de fe a la que puede llegar el creyente gracias a su experiencia de conversión. Primero nos admiramos del poder creativo de Dios en nuestra vida y luego entendemos que igualmente Dios puede, por su Palabra generar orden y vida.

En el pasaje de Hebreos 11:3 se declara que el universo fue creado a partir de “lo que no se veía”; esto quiere decir que Dios no utilizó materia visible para crear el universo. Me atrevo a decir que Dios creó el Cosmos a partir de la energía generada por su palabra hablada; así, la energía de su voz se transformó en materia.

Esta Palabra de Dios, que sale de su boca, tiene poder creativo y vivificante, conforme a la voluntad de Dios:

“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” (Isaías 55:10-11)

Dios habla y suceden cosas.
Dios habla y se genera orden.
Dios habla y se genera vida.
Escuchar la Palabra de Dios es experiencia vivificante.

El primer gran acto creativo de la Palabra de Dios en nuestra vida es la fe: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Romanos 10:17) Al escuchar la Palabra de Dios se genera fe, elemento indispensable para establecer la comunión de amor con Dios.
¡Qué importante es escuchar la Palabra!

Cuando el mundo estaba sumergido en el caos de las tinieblas, Dios habló y con su Palabra generó orden y vida. Aun hoy la Palabra de Dios tiene ese poder creativo para generar orden y vida.

Ahora nosotros podemos experimentar el poder creativo de Dios pues su Palabra ha llegado a nosotros por su voluntad y hará todo lo que Él quiera en cada vida.

Esta Palabra es implantada en nuestra vida, como semilla: “…la semilla es la palabra de Dios.” (Lucas 8:11)

Esta Palabra, sembrada en nosotros, ha de dar fruto: “Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto…” (Mateo 13:23)

Dios ha hablado, queda en nosotros oír y entender para que Su Palabra genere orden y vida en cada uno de nosotros.

“Pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.” (1ªJuan 1:5)

Perseveremos en el entendimiento de la Palabra de Dios para que dé fruto en amor y disfrutemos de la vida abundante y con propósito que Dios quiere generar en cada uno de nosotros.
AMEN
JFVS

Boletín: 10 de Febrero de 2013

DESORDENADA Y VACIA Génesis 1:2

1:2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

“Estaba”; en hebreo: “hayah”, expresa la idea de “llegó a estar”, en el sentido de transformarse: “Y la tierra llegó a estar desordena y vacía”.

Solamente una catástrofe planetaria puede explicar la “llegada” de esta confusión caótica en la perfección original de la creación de Dios. El orden original de Dios ha sido perturbado por un cataclismo del que no sabemos nada con certeza.

Lo que sí sabemos es que el Cosmos y nuestra vida misma, necesitan sin cesar esta voluntad creadora de Dios que todo lo sustenta y que sin la presencia envolvente del Espíritu Santo, la armonía de la vida llega a sucumbir en el caos.

¿Acaso este pasaje es la descripción de nuestra vida en el momento de nuestro encuentro con Jesús?
¿Acaso no es verdad que es Dios quien da sentido a nuestra existencia?

“Desordenada y vacía”; esta frase nos remite al libro del profeta Isaías: “Porque así dijo Yahvéh, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Yahvéh, y no hay otro.” (Isaías 45:18)

En este pasaje de Isaías Dios declara que no creó la tierra “en vano”, palabra que en hebreo es “tohu”, y que se traduce “vacía” en Génesis 1:2 Entonces Dios no creó la tierra “desordenada y vacía”, ese caos es el resultado de una catástrofe que intenta destruir el orden de vida creado por Dios. Todavía esas fuerzas amenazan nuestra vida trayendo caos, desorden, vació.

“Y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”: Todo era un mar profundo cubierto de oscuridad.

También nuestra vida parecía o aún se parece a este tenebroso cuadro: “teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos a la vida de Dios…” (Efesios 4:18)

“Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz.” (Efesios 5:8)

“Mas vosotros sois…pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1ªPedro 2:9)

Pero Jesús que es la luz de nuestra vida, ha triunfado sobre las tinieblas que amenazaban con hundir nuestra existencia: “La Luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan 1:5)

Dios nos ha liberado de las tinieblas para llevarnos a la comunión con Jesús, que es la luz de la vida: “El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.” (Colosenses 1:13)

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1ªJuan 1:5)

“El Espíritu de Dios se movía”; el verbo “movía” en hebreo es “merajefet” y da la idea de volar; describe al Espíritu Santo aleteando sobre la tierra para cubrirlo; ilustrando con esto la acción de poner orden y crear vida en el planeta caótico.

Esta idea es expresa poéticamente y triunfalmente en el libro de Salmos: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra.” (Salmo 104:30)

El Espíritu Santo, al ser enviado por Dios Padre, puede crear y renovar la vida donde solo hay destrucción y muerte:

“Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” (Romanos 8:11)

Un día la tierra llegó a estar desordenada y vacía, debido a un cataclismo terrible; pero el Espíritu Santo fue enviado por Dios Padre para crear orden y vida. “Y las tinieblas no prevalecieron”.

Ese mismo Espíritu Santo llegó un día a nuestra existencia, que en mayor o menor grado, estaba también desordenada y vacía. “Y las tinieblas no prevalecieron”.

Ese caos que trastornó nuestra existencia procede de las mismas tinieblas que envolvían la tierra en Génesis 1:2 y que mantenían nuestro entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios.

Pero la Luz, que es Dios, iluminó nuestra vida y nos recató de las tinieblas para llevarnos a la comunión de amor con Jesús; esa es la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Una vez el caos parecía hundir el proyecto de Dios, pero el Espíritu Santo lo rescató. Una vez nuestra vida parecía “desordenada y vacía” pero la acción del Espíritu Santo en nuestra vida nos rescató y nos dio nueva vida en Cristo Jesús.

Ahora atendamos el consejo de la Biblia: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6)

Vivamos en la luz de Jesús gozando de la comunión con El por medio de la Biblia.
AMEN
JFVS

Boletín: 3 de Febrero de 2013

EN EL PRINCIPIO Génesis 1:1

1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

“Principio”; esta palabra nos lleva al Evangelio de Juan: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.” (Juan 1:1-2)

Nuestra historia tiene un “principio”, un momento en la eternidad, en el que Dios abre un paréntesis para crear el tiempo y con él nuestra existencia misma.

En ese memorable momento del “principio” ya existía Jesús y existía en diálogo permanente con el Padre y el Espíritu Santo.

Dios existe en diálogo consigo mismo y por eso es que constantemente nos invita a entrar en diálogo fraterno: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20) Este es el propósito de Dios para nosotros: vivir en fraternidad.

“Creó”; este verbo nuevamente nos remite al Evangelio de Juan: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” (Juan 1:3)

Jesús es el creador de todas las cosas: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos, y las que hay en la tierra, visible e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él.” (Colosenses 1:16)

Toda la creación, materia y energía, pertenecen a Jesús y fueron creadas por Jesús y fueron creadas para Jesús. Él es el centro del universo, no tú ni yo.

Entonces la vida de cada uno de nosotros tiene sentido y propósito en relación con Jesús, nuestro creador. Fuiste creado por Jesús y para Jesús; al establecer una relación personal con Jesús descubres quién eres y el propósito de tu vida.

“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17) Antes que existieras, ya existía Jesús y tienes vida porque en Jesús subsistes para un propósito.

Es Jesús quien te da vida: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.” (Juan 1:4) Es Jesús quien ilumina tu existencia con la vida verdadera.

Hay quienes simplemente existen, hay quienes luchan por sobrevivir; pero eso no es vida, la vida es gozar de la comunión de amor con Dios viviendo con propósito.

La vida es Jesús y Él es quien de verdad puede iluminar tu vida; las respuestas que necesitamos para salir de las tinieblas las tiene el Creador de todas las cosas: Jesús, nuestro Dios y Salvador.

“Dios”; este es el título profesional de Yahvéh. Así como los títulos “ingeniero, doctor, licenciado” definen la actividad profesional de una persona, el título “Dios” define la actividad profesional de Yahvéh.

“Dios” significa, en hebreo, el Desplegador de poder; define aquella persona que posee autoridad sobre cierto poder para ponerlo en acción. Jesús es Dios porque tiene toda autoridad para desplegar todo poder sobre toda la creación:

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18) Jesús es Dios porque ha creado todo lo que existe y porque lo sustenta con un propósito.

Jesús es Dios porque ha creado nuestra vida y la sustenta hasta el día de hoy con un propósito: estar para siempre con Él en ambiente festivo.

“Los cielos y la tierra” es la forma en que la Biblia expresa que todo lo que existe es creación de Dios y le pertenece y existe con un propósito.

“Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:11)

A Dios le gusta crear, y en este acto podemos ver un diseño inteligente y una pasión por la estética y la diversidad.

Cuando nosotros nos emocionamos creando algo, diseñando, cocinando, escribiendo, etc. Nos parecemos a Dios.

Podemos entender, entonces, que Dios disfrutar su creación, que la admira y se deleita en ella y que cuando nosotros nos deleitamos con la belleza de la naturaleza también en eso nos parecemos a Dios.

Todas las cosas subsisten en la creación para sostener la vida humana con un propósito: “…es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2ªPedro 3:9)

Le toca a la ciencia explicar los procesos físicos, biológicos y químicos que dieron origen al Cosmos y que sostienen la vida; pero el origen y propósito del Cosmos está en Jesús.

Tú fuiste creado por Jesús y para Jesús; tú tienes un propósito en tu vida y ese propósito es gozar de una bella comunión de amor con Jesús que ilumine tu vida actual, la haga abundante y con propósito y te lleve de la mano por el sendero de esta vida hasta llegar a las Bodas del Cordero, la fiesta de bienvenida que Dios está preparando para nosotros. ¡Ánimo! No te des por vencido, vive con Jesús
AMEN
JFVS

martes, 22 de enero de 2013

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domingo, 4 de marzo de 2012

MALDAD EXPULSADA Zacarías 5:1-11

Verso 1: De nuevo alcé mis ojos y miré, y he aquí un rollo que volaba.
Verso 2: Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: Veo un rollo que vuela, de veinte codos de largo, y diez codos de ancho.
Verso 3: Entonces me dijo: Esta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra; porque todo aquel que hurta (como está de un lado del rollo) será destruido; y todo aquel que jura falsamente (como está del otro lado del rollo) será destruido.
Verso 4: Yo la he hecho salir, dice Yahvéh de los ejércitos, y vendrá a la casa del ladrón, y a la casa del que jura falsamente en mi nombre; y permanecerá en medio de su casa y la consumirá, con sus maderas y sus piedras.

Esta es la sexta visión y corresponde a la purificación de la nación judía, en su primera etapa: “Tuve otra visión. Vi un rollo escrito, que volaba… mide nueve metros de largo por cuatro metros y medio de ancho. Me dijo entonces: Ahí está escrita la maldición que alcanza a todo el país. Según lo escrito por ambos lados, nadie que robe o que jure en falso puede quedar sin castigo. El Señor todopoderoso afirma: Yo envío esta maldición para que entre en casa del que roba y en casa del que jura en falso por mi nombre. Y la maldición permanecerá allí hasta que no queden ni vigas ni piedras.” (VP)

Los dos pecados que se mencionan son solo ejemplos representativos de la maldad, no quiere decir que solamente estos pecados se estén denunciando, aunque, en el momento en que habla el profeta estos serían los más graves.

La reconstrucción del templo y la ciudad de Jerusalén, así como la validación del ministerio de Josué y Zorobabel, como dirigentes del pueblo, incluye la conversión del pueblo. Los judíos deben renunciar al pecado.

La visión muestra un enorme pergamino donde fácilmente se pueden leer los pecados cometidos y la advertencia de que el pecado tiene consecuencias. Las personas que neciamente quieren seguir viviendo en el pecado no podrán justificarse, en el sentido de no saber lo que hacían, pues está a la vista de todos.

Jesús dijo: “Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.” (Juan 12:47-48)

“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3:18-19)

El gigantesco pergamino que vuela simboliza la oportunidad de convertirse; quienes no han querido participar de esta renovación espiritual, solamente les espera ruina. De muchas formas y muchas veces, Dios nos invita a la conversión, queda en nosotros el rechazar a Jesús y su palabra o recibir su palabra y convertirnos, para así, ser parte de la renovación espiritual.

Verso 5: Y salió aquel ángel que hablaba conmigo, y me dijo: Alza ahora tus ojos, y mira qué es esto que sale.
Verso 6: Y dije: ¿Qué es? Y él dijo: Este es un efa que sale. Además dijo: Esta es la iniquidad de ellos en toda la tierra.
Verso 7: Y he aquí, levantaron la tapa de plomo, y una mujer estaba sentada en medio de aquel efa.
Verso 8: Y él dijo: Esta es la Maldad; y la echó dentro del efa, y echó la masa de plomo en la boca del efa.
Verso 9: Alcé luego mis ojos, y miré, y he aquí dos mujeres que salían, y traían viento en sus alas, y tenían alas como de cigüeña, y alzaron el efa entre la tierra y los cielos.
Verso 10: Dije al ángel que hablaba conmigo: ¿A dónde llevan el efa?
Verso 11: Y él me respondió: Para que le sea edificada casa en tierra de Sinar; y cuando esté preparada lo pondrán sobre su base.

Esta es la séptima visión del profeta y corresponde a la expulsión de la Maldad de la nación renovada, en su segunda etapa.

En esta ocasión, el profeta ve un gran recipiente cerrado, como canasta, del cual sale una mujer llamada “la Maldad”, esta mujer es empujada nuevamente dentro del recipiente y éste es cerrado con una tapa de plomo ¡muy pesada! Entonces, dos mujeres con alas se llevan el recipiente con la mujer a la región de Sinar, donde se ubica Babilonia, porque allí le van a construir, a la Maldad, un santuario y cuando esté terminado, la instalarán sobre un pedestal, para adorarla. En toda la Biblia, Babilonia es el símbolo del centro de toda la maldad humana.

El apóstol Juan recibe una visión, que es, continuación de esta: “Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia… y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación; y en su frente un nombre escrito, un misterio: Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra. Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro.” (Apocalipsis 17:3-6)

La Maldad es la Gran Ramera, que expulsada de la nación santa, se establece en Babilonia, desde allí domina sobre todos los reyes de la tierra (Ap 17:18) creando un imperio de maldad que persigue cruelmente a los discípulos de Jesús.

En Génesis 11 los seres humanos llegan a la región de Sinar y comienzan la edificación de “una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo” (Ge 11:4); se trata de Babel. Muy cerca de allí, siglos más tarde, se edificó Babilonia. Esta región es el centro de la maldad humana, el sitio desde donde los seres humanos quisieron construir una civilización sin Dios. En Apocalipsis 17 y 18 Babilonia es ciudad simbólica, capital de la Maldad. Será destruida finalmente.

La visión de Zacarías no promete la destrucción de la maldad, sino su expulsión, aunque advierte que se le edificará un santuario y que será adorada allá en Babilonia, la ciudad del cautiverio.

Dios ha denunciado el pecado, afirmando que no quedará impune. Dios ha expulsado la maldad de la nación santa. Ahora queda en el pueblo, en cada uno en particular, decidir si permanecerán en santidad o si terminarán adorando a la Maldad.

Dios “os dio vida… perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:13-14) Sobre nosotros también volaba un pergamino que nos condenaba, pero por haber recibido a Jesús, hemos experimentado su perdón y esa acta ha sido anulada.

“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29) Jesucristo ha expulsado el pecado, la maldad de nuestra vida: “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.” (1Jn 3:5)

Desde una perspectiva histórica, después del ministerio de Zacarías, la maldad siguió manifestándose en el pueblo judío. La visión es un símbolo de una realidad espiritual.

La maldad ha sido expulsada de nuestra vida, Dios ha perdonado todos nuestros pecados, Dios nos ha liberado de la esclavitud del pecado. Pero, queda en nosotros la diaria decisión de obedecer a Jesús con gozo, oh ¡trágicamente! rendir culto a la Maldad. Decide bien porque: “Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.” (1Jn 3:6)

Nosotros conocemos a Jesús y hemos decidido servir con gozo a Jesús en santidad. Amén.
JFVS

lunes, 27 de febrero de 2012

IGLESIA PAZ DIVINA: LA COMUNIDAD DEL DISCIPULADO

Mateo 28:19-20
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Hechos 2:42
Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Hechos 17:10-12
Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.

Romanos 10:17
Así que la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios.

Romanos 12:2
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Efesios 4:11-16
Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

1ªPedro 2:2
Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación

2ªPedro 3:18
Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

Isaías 26:3
Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.

JFVS
2012

domingo, 26 de febrero de 2012

CANDELERO Y OLIVOS

Zacarías 4:1-14

Verso 1: Volvió el ángel que hablaba conmigo, y me despertó, como un hombre que es despertado de su sueño.
Verso 2: Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él;
Verso 3: Y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda.
Verso 4: Proseguí y hablé, diciendo a aquel ángel que hablaba conmigo: ¿Qué es esto, señor mío?
Verso 5: Y el ángel que hablaba conmigo respondió y me dijo: ¿No sabes qué es esto? Y dije: No, señor mío.

Este capítulo cuatro del libro de Zacarías describe la quinta visión del profeta y corresponde al establecimiento del gobierno según el orden divino.

En la visión anterior, Zacarías había asistido a la ordenación de Josué como sumo sacerdote; ahora asiste a la ratificación de Zorobabel como dirigente legítimo de la reconstrucción del templo y por tanto, de la vida nacional del pueblo.

Por medio de estas dos visiones, el Señor legitima el nuevo orden nacional del pueblo judío que acaba de regresar del cautiverio; este nuevo orden estará en función del templo de Jerusalén que deberá ser reconstruido y deberá por tanto, reiniciarse los servicios de adoración. El pueblo de Dios deberá su vitalidad en torno a la adoración a Dios en espera del Mesías prometido. Este nuevo orden, por tanto, será provisional, hasta la llegada del Renuevo, que inaugurará el Reino de Dios: “…Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.” (Marcos 1:14-15)

Zacarías estaba durmiendo cuando repentinamente es despertado por el Ángel de Yahvéh quien le invita a ver la visión que Dios le revela. El profeta observa detenidamente la imagen y procede a describirla: Un candelabro de oro con siete lámparas, como el que se encuentra en el Lugar Santo, arriba de él un depósito de aceite que suministra el combustible para cada una de las lámparas, por medio de tubos; a cada lado del candelabro un árbol de olivo. El aceite que alimenta las lámparas es de olivo, en el Lugar Santo hay un candelabro pero no un depósito y menos aún dos olivos; se trata de una visión celestial, por eso, Zacarías pregunta por su significado y el ángel cuestiona “¿no sabes lo que significa?” provocando en el profeta una actitud de humildad, el profeta responde con sincera humildad: “No, señor mío”. Diálogos similares se producen en el libro de Apocalipsis y tienen como propósito ayudarnos a reconocer que sin la iluminación divina no podríamos interpretar correctamente la verdad ¡Cómo requerimos hoy de esa humildad!

Verso 6: Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Yahvéh a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Yahvéh de los ejércitos.

Antes de explicar la visión, el Ángel de Yahvéh comunica el mensaje divino que debe recibir Zorobabel, gobernante de Jerusalén. Zorobabel debe cimentar su confianza en el Espíritu Santo y no en los recursos humanos; el mensaje es firmado por Yahvéh de los ejércitos, título usado con mucha frecuencia en los servicios de adoración, el cual enfatiza el poder absoluto de Yahvéh.

Para cumplir con el propósito de Dios Zorobabel solamente debe confiar en la presencia del Espíritu Santo: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos… hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8) Y tú ¿en qué basas tu confianza? ¿Sobre qué está cimentada tu esperanza de vida? La presencia del Espíritu Santo en nuestra vida es todo lo que necesitamos para vivir una verdadera vida abundante y con propósito.

Nuestra confianza debe estar firmemente cimentada en la presencia del Espíritu Santo en medio de nosotros, Él nos da el poder necesario para cumplir con gozo el propósito de Dios de hacer discípulos de Jesús. La clave para disfrutar de una vida de poder es estar ocupados en la gran comisión; juntos, como una familia en Cristo, participemos en el proyecto de hacer discípulos.

Verso 7: ¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura; él sacará la primera piedra con aclamaciones de: Gracia, gracia a ella.
Verso 8: Vino palabra de Yahvéh a mí, diciendo:
Verso 9: Las manos de Zorobabel echarán el cimiento de esta casa, y sus manos la acabarán; y conocerás que Yahvéh de los ejércitos me envió a vosotros.
Verso 10a: Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel.

Este monte es la gran cantidad de escombros acumulados en la meseta de Sion cuando Nabucodonosor destruyó el templo; muchos se desanimaron al ver esa montaña de escombros; pero en un plano espiritual, representa a aquellos que con sus quejas y pesimismo obstaculizaban el avance de la construcción. Dios promete a Zorobabel que con el poder del Espíritu Santo, todo obstáculo será retirado.

“Él sacará la piedra principal, mientras grita la gente: ¡Qué hermosa es! ¡Qué hermosa es!” Zorobabel colocará la piedra principal en medio de un alegre festejo. Dios promete a Zorobabel que así como inició ya la reconstrucción del templo, en medio de burlas, quejas y pesimismo, también verá completada la obra. Nosotros no hagamos caso de los pesimistas que sólo buscan desanimarnos, el propósito de Dios y las promesas de Dios habrán de cumplirse.

Verso 10b: Estos siete son los ojos de Yahvéh, que recorren toda la tierra.

En v5 el Ángel de Yahvéh pregunta a Zacarías por el significado de la visión del candelabro, a lo que el profeta responde no saber. Ahora, tras un paréntesis dirigido a Zorobabel, el Ángel responde al profeta el significado del candelabro: “Estas siete lámparas son los ojos del Señor, que están recorriendo toda la tierra.” (VP) El candelabro con las siete lámparas simboliza la capacidad de Dios para observar todo lo que acontece en la tierra; nuestro Dios tiene el control.

Verso 11: Hablé más, y le dije: ¿Qué significan estos dos olivos a la derecha del candelabro y a su izquierda?
Verso 12: Hablé aún de nuevo, y le dije: ¿Qué significan las dos ramas de olivo que por medio de dos tubos de oro vierten de sí aceite como oro?
Verso 13: Y me respondió diciendo: ¿No sabes qué es esto? Y dije: Señor mío, no.
Verso 14: Y él dijo: Estos son los dos ungidos que están delante del Señor de toda la tierra.

En un primer plano, los dos olivos representan a Josué, sumo sacerdote y a Zorobabel, gobernante; ambos han sido consagrados para servir a Dios. Ambos, unidos fraternalmente a Dios podrán cumplir el propósito de Dios.

“Y daré a mis dos testigos que profeticen… Estos testigos son los dos olivos… que están en pie delante del Dios de la tierra.” (Ap 11:3-4) Este pasaje de Apocalipsis se conecta con la visión de Zacarías, mostrándonos la continuidad del mensaje de Dios.

La figura de los dos olivos enfatiza la fraternidad, la unidad de los creyentes y su conexión directa con Dios por medio del Espíritu Santo, simbolizado por el aceite.

En Apocalipsis, los dos testigos representan a la comunidad de creyentes que enfrentan el poder del mal, como lo hicieran Moisés y Elías en su tiempo.

Integrando la revelación de Zacarías con la de Apocalipsis tenemos que, nosotros, la comunidad de creyentes, podemos cumplir con el propósito de Dios si: (1) permanecemos unidos a Dios por medio del Espíritu Santo y (2) trabajamos en unidad fraterna, realizando cada quien nuestra propia función.

Zorobabel y Josué han recibido confirmación divina para continuar su misión. Nosotros hoy, unidos en verdadera fraternidad y dotados del poder que nos brinda el Espíritu Santo, avancemos con esperanza firme en el cumplimiento del propósito divino al que hemos sido llamados: ser y hacer discípulos de Jesús en PAZ DIVINA. Amén.
JFVS

lunes, 25 de abril de 2011

CAPITULO 73: LOS COMBATES FINALES






Favor de leer Mateo 21:23-27.
Hoy –martes- la muchedumbre en el Templo es aún mayor que la de la víspera. Cada día son más los peregrinos que llegan. Hay en todos un aire de gente mal dormida. El atrio del Templo huele a incienso.

Cuando Jesús aparece en el atrio, la noticia se difunde como un reguero de pólvora. Lo ocurrido el domingo es comentario en todas las bocas. Son muchos los curiosos que quieren conocerle. Hay entre la gente grandes discusiones a propósito de él. Sus partidarios decididos no son muchos, pero sí un gran número los que le admiran.

Le han oído predicar y les impresionan las cosas que dice y más aún cómo las dice. Por otro lado, sus doctrinas en parte les entusiasman y en parte les resultan blasfemas. Y hay un apasionado interés por ver en qué acabará la lucha entablada entre él y los líderes religiosos. Por eso la gente le rodea, le asedia apenas entra en el atrio.

Los fariseos y saduceos, están indecisos y desconcertados. No respecto a él: ya han dado su sentencia. Lo que no acaban de ver es la estrategia a seguir para consumar su decisión. Les preocupa encontrar el momento oportuno, no vayan a volverse sus armas contra ellos. El parece pacífico, pero nunca se sabe cuáles pueden ser las reacciones de la multitud. Si lograsen sorprender al Maestro en una blasfemia en público, eso sería la gran solución.

Pero también Jesús les conoce desde hace ya muchos años. Se acuerda de que, cuando sólo tenía doce años, ya les puso en un aprieto con sus preguntas, aquí mismo, sobre estas losas del Templo. Luego, han sido tres años de controversias, de asechanzas puestas contra él. Les espera serenamente.
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En el primer asalto los saduceos tratan de desmontar su autoridad, de dejarle en ridículo: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad? (Mateo 21:23) en referencia al hecho de ponerse a enseñar allí en el Templo, sin ser doctor de la ley sin haber recibido el visto bueno de los sacerdotes (saduceos).

El ataque no era, en realidad, demasiado inteligente. Jesús simplemente podía haberles respondido que con la misma que ellos; o haberles preguntado quiénes son ellos para exigir a nadie certificados de autoridad.

Pero Jesús es un maestro excepcional y sabe que la mejor defensa es un buen ataque. No se limita, por eso, a defenderse. Han tratado de ponerle en ridículo, será él quien les ponga en ridículo a ellos. Responde, pues, a su pregunta con otra: Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? (21:24-25)

Se ha hecho un silencio dramático en el atrio del Templo. De pronto Jesús ha traído a flote uno de los temas más candentes del momento. La fama de Juan el Bautista ha aumentado astronómicamente después de su decapitación. Un mártir siempre crece, sobre todo cuando ha muerto a manos de un enemigo común.

Los sacerdotes se miran unos a otros. Se dan cuenta de que Jesús les ha encerrado en un dilema sin salida. Si dicen que su bautismo era de este mundo, la gente se les echará encima. Si dicen que era de Dios, les preguntará que por qué no le aceptaron primero y le defendieron después. Se dan cuenta de que el combate ha acabado antes de empezar. Y prefieren renunciar a la lucha Mejor confesarse ignorantes que exponerse a la ira de la multitud o declarar que fueron sordos a la voz de Dios. Contestan, pues, que no lo saben.
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Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas. (21:27)

Los saduceos se van, los fariseos se quedan. Hay risas entre la multitud. Y un respiro de alivio entre los partidarios del Galileo. Los apóstoles se dan palmadas los unos a los otros, se sienten orgullosos de su jefe. ¿Y Judas? ¿Vacila tal vez? Probablemente a estas horas ya ha tenido los primeros contactos con los representantes de los sacerdotes. No hay nada decidido. Pero la traición ya ha nacido en su alma. Ahora duda quizá. Tiene que observar, tiene que jugar sus cartas con suma cautela. Espera. Escucha.

Cuando los enemigos se van, Jesús sigue enseñando como si nada hubiera ocurrido. Pero conforme habla, todos perciben que sus palabras se van cargando de un tinte dramático. Ahora cuenta una terrible parábola (21:33-46)

Es la historia de un gran propietario que ha alquilado su viña a unos labradores malvados. Al llegar el tiempo de los frutos, el dueño de las tierras manda un emisario para cobrar la renta. Pero los labradores apalean al emisario y se lo devuelven golpeado al dueño. Un segundo enviado es apedreado, un tercero es muerto. El dueño de la viña no entiende. Su renta no es excesiva, él fue verdaderamente generoso al prestarles la viña bien equipada. Piensa que todo debe ser un error. Decide entonces mandar a su propio hijo, a él lo respetarán. No se resigna a la idea de haber depositado su amor en unos malvados.

Pero los renteros, al ver llegar al muchacho, se miraron los unos a los otros riéndose: ésta era su ocasión, matarían al heredero y se quedarían con la propiedad de la viña. Tomaron al muchacho, le sacaron fuera de la viña -¡no querían mancharla con su sangre!- y lo mataron.
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Se había hecho un tenso silencio mientras Jesús hablaba. La historia era objetivamente conmovedora y el Galileo la contaba con extraña pasión, como si estuviera hablando de algo personal.

El dueño de la viña era Dios, la viña era el pueblo elegido de Dios, los enviados eran los profetas, los asesinos eran los líderes religiosos ¿Y el hijo? ¿Estaba presentándose a sí mismo como Hijo de Yahvéh? Aquello les parecía, a los fariseos, una blasfemia, la mayor imaginable. Pero ¿cómo atacarle por algo expuesto así, en parábola?

Jesús no les dejó mucho tiempo para pensar. Se volvió a los fariseos: Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿Qué hará a aquellos labradores? (21:40) Los fariseos, muy astutos como siempre, seguramente callaron; pero los más próximos a Jesús dejándose llevar por la emoción de la historia, contestaron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores que le paguen el fruto a su tiempo. (21:41)

Habían entendido. Jesús dejó la parábola y citó las Sagradas Escrituras: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo, el Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará. (21:42-44)

Ahora todo estaba claro. Él era el Hijo, él era la piedra angular. Se sabía rechazado, pero triunfador. Sabía que chocarían contra él, pero se presentaba como vencedor. ¿Qué impedía a los fariseos actuar? ¿No buscaban una blasfemia? Acababa de presentarse como Hijo de Yahvéh, les había llamado homicidas, anunciaba que el Reino le sería quitado a Israel. ¿Podía decirse más?
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Pero la emoción había vencido a quienes le escuchaban. Teóricamente todos debían haberse levantado contra él. Pero allí estaban mudos, golpeados. Los principales sacerdotes, que acaban de llegar, y los fariseos se daban cuenta de que ésta era su ocasión, pero temían que el pueblo reaccionara a favor de este profeta amenazante, aun cuando las amenazas iban contra todos. Prefirieron alejarse para preparar otro ataque.

Pero los adversarios de Jesús se turnaban, lo mismo que cambiaban los lugares y los oyentes. No podemos imaginarnos esta jornada como un continuado debate inmóvil entre Jesucristo y sus enemigos. Un día es largo. Las personas iban y venían. Iba y venía el mismo Jesús con los suyos. Cruzaba por los atrios y los pórticos, conversaba con la gente, su predicación avanzaba o retrocedía con los sucesos o dependiendo de las preguntas de los que se acercaban. Todo se presentaba absolutamente informal y espontáneo. Se oraba, se comía, se conversaba, se discutía, y de vez en cuando la conversación se convertía en predicación.

Tal vez fue a media mañana, cuando se acercaron los herodianos a tenderle la trampa política de la moneda del Cesar. Desde el lugar donde hablaban, veían pasearse sobre las terrazas de la fortaleza Antonia a los centinelas romanos, velando por la paz romana. Y había en las esquinas guardianes discretamente ocultos. Y un grupo de soldados estaba siempre listo a actuar.

Esto es lo que hacía más delicada la respuesta de Jesús. Un pequeño resbalón que pudiera interpretarse como insulto al Cesar hubiera bastado para provocar una intervención de los romanos. Pero Jesús –ya lo hemos visto en otro lugar- sabía cómo contestar a sus adversarios sin caer en sus trampas y aclara ahora que su Reino no tiene nada que ver con los reinos terrenales temporales.
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Tras los herodianos regresaron los saduceos. Venían disimulando, como si casualmente pasaran por allí. Misteriosamente, grupos que mutuamente se odiaban, coincidían ante quien consideraban un enemigo común. Por unos días, por unas semanas estaban dispuestos a olvidar sus rencores.

Los saduceos llegaron con un acertijo que hoy a nosotros nos hace sonreír, pero que a ellos debió de parecerles una trampa imposible de superar. Era uno de los juegos mentales que a ellos les apasionaban en sus debates con los fariseos para convencer a éstos de que la resurrección de los muertos era imposible: Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron? (22:25-28)

La pregunta no pasaba realmente de ser una broma de mal gusto: basándose en una prescripción de la ley (22:24) pasaban a ridiculizar la trascendencia de las almas.

La voz de Jesús sonó seria: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento… pero respecto a la resurrección de los muertos ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. (22:29-32)

Entre la multitud hubo un murmullo de admiración. El pueblo, que miraba con una relativa simpatía a los fariseos, no soportaba a los saduceos, aquellos ricachones vendidos al invasor romano. Pocas veces podían, como hoy, verles quedar el ridículo y alejarse avergonzados. Jesús enseña con autoridad y triunfa sobre sus adversarios.

CAPITULO 67 y 68: EL MISTERIO DE LAZARO












Favor de leer Juan 11:1-27.
La resurrección de Lázaro fue el mayor de los milagros hechos por Jesús. Se trata de un muerto ya de cuatro días (v39) que es devuelto a la vida con sólo una palabra. Y el hecho ocurre a las mismas puertas de Jerusalén, delante de numerosos testigos, hostiles a Jesucristo muchos de ellos. Es, además, un suceso que lleva consigo tremendas consecuecias: la fe para algunos, la muerte para Jesús, pues es la gota que llena y derrama el vaso de la cólera de sus adversarios.

Hacía varios meses que Jesús estaba predicando en Perea cuando un mensajero llegó precipitadamente desde Betania y le dio una triste noticia: “Señor, aquel a quien amas está enfermo” (v3) Este gran amigo (la palabra que usa el Evangelio de Juan expresa un afecto entrañable) era Lázaro.

Del hecho de que Marta y María supieran más o menos dónde estaba Jesús deducimos de nuevo el alto grado de intimidad que él mantenía con aquella familia; de las palabras que dice el mensajero deducimos la confianza que en Jesús tenían ellas. Ni siquiera le dicen que venga; se limitan a decirle que su hermano se ha agravado, seguras de que Jesús lo dejará todo para correr a Betania.

Pero la respuesta de Jesús fue desconcertante: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (v4)

La distancia que separaba a Betania de Jesús es de un día de camino. Consideremos que Jesús esperó dos días más antes de partir (v6); más el día de camino que hizo Jesús para llegar a Betania; junto con el día de camino que hizo el mensajero; suman las cuatro días que Lázaro lleva muerto (v39)
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Así, Lázaro murió poco después de salir el mensajero a buscar al Señor (tal vez, el mismo día); y Jesús ya sabía que Lázaro estaba muerto cuando llegó el mensajero (v14) Entonces, su retraso posee una intención teológica. Jesús conoce la importancia que tiene lo que ha de hacer en Betania y desea que no quede de ello duda alguna.

Incluso se marcará a sí mismo un retraso exacto de 4 días contando con la creencia judía de que el cuarto era el día definitivo de la muerte sin remedio. Los judíos de la época pensaban que el alma del muerto permanecía girando tres días en torno al muerto, como queriendo regresar al cuerpo y que sólo en el cuarto día, iniciada ya la descomposición, se alejaba para siempre. Y es este cuarto día el que Jesús aguarda. Jesucristo nunca tiene prisa, porque siempre está seguro de lo que tiene que hacer.

La decepción debió ser, en cambio, cruel para las dos hermanas cuando llegó el mensajero sin Jesús y comunicándoles la frase: “esta enfermedad no es de muerte”; ellas, ahora, sin hermano y si Jesús, no tienen consuelo.

Esto rompía todos sus esquemas mentales: si Jesús era bueno y las quería ¿cómo de pronto este fallo que tenía todo el aspecto de traición? No querían pensar mal de Jesús, pero no entendían nada.

Es incluso muy verosímil pensar que, por aquellos días, debieron de multiplicarse las ironías en boca de sus amigos fariseos.

Fueron muchos los que subieron de Jerusalén hasta Betania para acompañar en el duelo a las hermanas. Las visitas de pésame eran una tradición sagrada para los judíos. Se prolongaban durante siete días pero eran muy numerosas durante los primeros tres días.
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No es imaginación pensar que muchos subieron a Betania con la seguridad de encontrarse allí a Jesús; sabían de la amistad que les unía con los tres hermanos. Y, sin duda, también fue grande su sorpresa al no verlo. Preguntarían burlonamente a las mujeres si el Galileo desconocía la noticia.

Y ellas no podían ocultar que ya le habían enviado un mensajero. Y ¿no ha venido? Los fariseos gozaban escarbando en la herida.

Además, para ellos era fácil encontrar la respuesta: ¿No decían que hacía tantas curaciones? ¿Por qué no las hace en casa de sus amigos? ¿No será que tiene… miedo? Sonreían felices. Ellos lo habían dicho muchas veces: Jesús hace muchos milagros en pueblitos ocultos de Galilea donde no podía haber “sabios” que lo controlasen.

Pero allí, a tres kilómetros de Jerusalén y en un ambiente culto, los trucos no eran tan sencillos. Tal vez, incluso, alguien sugirió perversamente que Jesús vendría a resucitar a Lázaro.

Claro que, pensaban, aquí la cosa no iba a ser sencilla. Decían que había resucitado a dos personas, pero en ambos casos se había tratado de dos muchachos recién muertos. ¡Vaya usted a saber si estaban muertos de verdad o sólo en apariencia!

¿Qué iban a saber los pueblerinos de Naín? Aquí era otra cosa: Lázaro llevaba ya dos, tres, ¡cuatro días muerto! Y además, estaban ellos allí para controlar la situación.

¡Por eso no venía Jesús! No se atrevería, pensaban ellos, a intentar algo que sería un fracaso seguro. Marta y María oyeron sin duda muchos comentarios como estos. Y sentían que desgarraban su corazón.
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Jesús, mientras tanto, seguía tranquilamente en su actividad apostólica. Pero transcurridos dos días y cuando ya ninguno de los apóstoles se acordaba de Lázaro, Jesús se volvió a los suyos y les dijo: “vamos a Judea otra vez” (v7) La frase cayó entre ellos como una bomba.

Sabían el riesgo que corrían en Jerusalén y su comarca. Por eso se volvieron asustados a Jesús: “Maestro, sabes que los judíos te están buscando para apedrearte ¿y vuelves otra vez allí?” (v8)

La respuesta de Jesús fue tranquilizadora pero enigmática: “¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él.” (vv9-10); probablemente los apóstoles entendieron con esto, que aún no era su hora, que nadie podía arrebatarle ni un segundo a las horas que tenía señaladas de vida.

Pero entonces Jesús siguió hablando con un brusco giro de idea: “Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle” (v11)

Esto era aún más desconcertante; ¿expondría su vida sólo para ir a despertar a un dormido? Además, si dormía, “sanará” (v12) ya no se precisaba la presencia de Jesús, que no tenía necesidad de exponerse para hacer lo que sola haría la naturaleza.

Ahora el Maestro se puso repentinamente serio, diciendo: “Lázaro ha muerto” (v14) La noticia les golpeó a todos. Porque le querían y, sobre todo, porque sabían cuánto le quería Jesús. Pero no entendían bien cómo sabía eso el Maestro.

Jesús cortó de nuevo sus pensamientos: “y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él” (v15)
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Jesús iba a entrar en la boca del lobo. Se adelantó entonces Tomás que, a su carácter, unía una extraña mezcla de pesimismo y audacia: “Vamos también nosotros, para que muramos con él” (v16)

Jesús debió de mirarle con una sonrisa entre triste, por su pesimismo, y alegre, por su decidido amor. Pero nada respondió. Y echó a andar hacia Jerusalén.

La llegada del Maestro a Betania, con sus doce, no pudo pasar inadvertida en un pueblo tan pequeño. Y tal vez la misma chiquillería corrió anticipando la noticia. Al oírla, Marta, activa, nerviosa, volcada toda ella al exterior, se levantó y corrió hacia él.

Marta increpó a Jesús con un triste reproche en el que se mezclaba una profunda fe y un ancho desconcierto: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.” (v21) Marta era así, sincera, realista. No entendía la conducta de Jesús.

Pero su fe era mayor que su amargura y prosiguió con palabras que humanamente eran locura: “Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (v22) No se atrevía a pedir una resurrección, pero tiene en Jesús una fe tan profunda que sabe que esa locura es, para él, posible.

Jesús ahora abandona las metáforas: “Tu hermano resucitará” (v23), a lo que contesta Marta con una frase firme en convicción pero con un sentido de tristeza: “Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero” (v24) La enseñanza de Jesús ha sido eficaz en Marta, ella confiesa su fe en que al final de los tiempos, los verdaderos creyentes habrán de resucitar para vida eterna; con el asunto de la resurrección futura Marta no tiene duda, pero hoy su tristeza es por haber perdido a su hermano.
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Ahora la respuesta de Jesús fue mucho más allá de lo que Marta esperaba: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (vv25-26) Marta entonces se sintió sacudida en lo más hondo de su ser. Creer en Jesús es más que simplemente existir; creer en él es disfrutar de una vida abundante que no se apaga.

Observemos que Jesús no está diciendo que él tiene el poder para resucitar; sino que él es la resurrección. Por tanto todo aquel que está unido a él en comunión fraternal (Apocalipsis 3:20) es partícipe de esta resurrección. La resurrección está en la esencia de Jesucristo.

Es importante advertir el orden: primero resurrección, luego vida; porque es la experiencia de resurrección en Cristo lo que nos abre la puerta a la experiencia de la vida, hacia la verdadera vida.

La resurrección y la vida son dones que Jesús otorga a los que “creen” en él, a los que confían de forma absoluta en Jesús. El único medio de obtener la vida es la fe, gracias a la cual se resucitará de la muerte.

Hay que observar que Jesús no promete la resurrección y la vida eterna para el último día, sino que la otorga ya al presente, como don actual, independiente de la muerte corporal.

Por tanto, el creyente, aunque sucumba a la muerte corporal, sigue vivo; no pasa al ámbito de la muerte; reposa en un pacífico sueño, para despertar a la vida con Jesús.

Entonces Marta se entregó a Jesús sin nada que pedir y con todo que creer (v27) Ella debió de sentirse plena y ya nada más dijo. Sucediera lo que sucediera, la resurrección estaba ya dentro de ella.
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CAPITULO 68: EL MISTERIO DE LAZARO
Parte 2
Favor de leer Juan 11:28-57.
Y como toda fe busca ser compartida, corrió hasta donde se encontraba sentada su hermana María: “El Maestro está aquí y te llama” (v28), le dijo al oído.

En realidad, nada había dicho Jesús, pero Marta conocía a su hermana. Bastaría decirle que Jesús la llamaba para que saliera corriendo. Así lo hizo ante la sorpresa de quienes la rodeaban y no habían oído el mensaje de Marta. La miraron asombrados, pensando que iría a llorar al sepulcro y, levantándose, la siguieron dispuestos a presenciar otra escena desgarradora ante la tumba.

María era mucho más joven que su hermana y mucho más emocional; mientras Marta llegó con un reproche y tal vez una lágrima en la mejilla, María se echó a los pies de Jesús envuelta en lágrimas y apenas pudo musitar, entre sollozos, la misma frase que antes había dicho su hermana y que sin duda se habían repetido la una a la otra cientos de veces durante los últimos días: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (v32)

Tras las palabras, y sin dejar de abrazar a Jesús, María siguió llorando, un llanto contagioso que emocionó a todos los presentes.

También a Jesús que, “se estremeció en espíritu y se conmovió” (v33) Y comenzó a llorar (v35) La palabra que usa el Evangelio de Juan habla de un llanto profundo y solemne que conmovió a todos cuanto lo vieron. “¡Mirad cómo le amaba!” (v36) comentaron algunos de los presentes.

Es esta la primera vez que el Evangelio nos muestra a Jesús llorando. Páginas más tarde le veremos llorar sobre Jerusalén.
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El suyo es un llanto humano, ¡más humano que el nuestro! Solidario; es el llanto de una persona que llora con las personas, que llora por las mismas causas que afligen a las demás personas. Son las lágrimas de la fraternidad. Jesús no pretendió llorar, no actuó; su llanto fue auténtico, en parte contagiado por María, que tanto amaba, en parte por entender como nadie, la tragedia humana frente a la muerte, que nunca estuvo en los planes de Dios para la humanidad. Lloró por amor a la humanidad, a nosotros.

Pero ni siquiera ese llanto fue comprendido por todos. Junto a quienes, en su llanto, veían la profundidad de su amor a Lázaro, estaban los que aprovechaban su llanto para volverse contra él: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?” (v37)

¡Curioso monumento de hipocresía! ¡Con las mismas palabras con que le critican le están proclamando hacedor de milagros! No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Pero Jesús no se detuvo por estos pensamientos, en vez de esto ordenó: “¡Quitad la piedra!” (v39). Su voz era una orden desconcertante, y fue Marta quien rompió el silencio. Aunque había sido ella quien antes pedía el milagro, no entendió ahora cuál podía ser la intención de Jesús.

Sin duda había interpretado sus palabras anteriores como referidas a una resurrección puramente espiritual. Por eso pensó que Jesús quería sólo ver por última vez el rostro del amigo muerto. Y le dijo: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días” (v39)

Pero Jesús la tranquilizó: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (40) Marta, que antes pedía una resurrección puramente material, ha pasado ahora a pensar en una resurrección que se refiere sólo al espíritu.
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El silencio se hizo, sin duda, dramático, mientras un grupo de hombres hacía rodar la pesada piedra. ¿En qué pensaría Jesús al ver esa tumba, tan parecida a la que en unos pocos días el mismo usará? ¿Qué emociones subieron a su cabeza al oír y ver rodar la piedra?

Jesús entonces, ignorando el hedor que salía de la tumba, sin atender a los murmullos de la gente, volvió sus ojos al cielo y se concentró en una oración.

No en una petición, pues para Jesús, el prodigio ya está hecho y solamente faltaba dar por él gracias a Dios: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado” (vv41-42)

Es evidente que Jesús había orado previamente al Padre con respecto a la resurrección de Lázaro. Tiene la respuesta antes de actuar. Sin embargo, antes de realizar el milagro Jesús ofrece una oración, hermosa por su confianza, sencillez y sinceridad.

“Padre, gracias te doy por haberme oído” Jesús podía decir esto, hablando como si el milagro ya se hubiera realizado, porque tenía la certeza de que iba a realizarse. Por el bien del auditorio Jesús pronunció estas palabras en voz alta.

La oración en voz alta, aclaremos, no la necesita Jesús, pero la necesita el pueblo. A ellos les hace falta ver que el poder del Hijo viene del Padre.

En esta sencilla oración se establece el propósito de la acción de Jesús: “para que crean que tú me has enviado”. La resurrección de Jesús es un signo que revela que Jesús viene del Padre. Nuestra respuesta debe ser creer en Él.
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Su voz, que había sonado ya alta y sagrada en la oración, se elevó más aún, en un grito: “¡Lázaro, ven fuera!” (v43) Era una orden, la más dramática que ha dado jamás hombre alguno sobre la tierra.

Y al punto –dice el Evangelio- con una sencillez que da escalofríos “el que había muerto salió” (v44) Lázaro, pálido aún del frío de la tumba, salió vacilante, sin ver a nadie, sin entender nada de lo que estaba sucediéndole, sintiendo circular por sus venas un calor que no sabía de dónde venía.

Todos estaban aterrados y maravillados al mismo tiempo. Estaban allí inmóviles, como si ahora fueran ellos los muertos. Sólo Jesús conservaba la serenidad. Dijo tranquilamente, como si todo el evento fuera de lo más común: “Desatadle, y dejadle ir” (v44)

El Evangelio de Juan no añade una palabra más sobre la escena. Nada nos dice de la alegría de las hermanas, nada de lo que Lázaro dijo o calló, nada de lo que luego hizo Jesús. Cierra así su información sobre el tremendo misterio de la muerte vencida.

Lázaro comenzó a vivir “de veras” ahora que sabía lo que la muerte era. Es decir, que vivió como los hombres todos deberían hacerlo si se sintieran resucitar cada mañana.

Lázaro ahora valora la vida desde la perspectiva de la tumba y por ello es que comienza a vivir de verdad. Necesitamos de esta perspectiva en nuestra existencia (como Eclesiastés) a fin de vivir como Dios quiere.

Sobre la vida, tenemos que decir, desde la perspectiva del Evangelio de Juan, que Dios es el Padre que vive (6:57) El es el único que originalmente posee la vida y él es quien la comunica. No hay otra vida que la que Dios posee.
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Las personas “tienen vida en el Hijo, en su nombre” (3:15; 20:31) Y esta vida que el Hijo comunica a los hombres es mucho más que la vida natural, es la condición eterna de quien está salvado.

Las personas realmente vienen al mundo privados de vida, creen vivir pero están muertos, están en la muerte, y lo están mientras no reciban vida de Jesús.

La perspectiva de Dios acerca de nuestra existencia derrumba nuestros “castillos de arena” y nos descubre nuestra miseria espiritual sin Cristo. Sólo somos vanidad.

A la luz de todo esto ¿podemos entender mejor lo sucedido a Lázaro? ¿No será su resurrección, además de un milagro, un paradigma de todo el pensamiento de Jesús sobre la vida y la muerte?

¿No tiene o puede tener toda persona dos vidas, una primera y mortal y una segunda que se produce en su encuentro con Jesucristo? ¿No es todo creyente un Lázaro… que tal vez ignora que lo es?

¡Ah si todos viviéramos esta “segunda y verdadera vida” como debió de vivirla Lázaro!

Pero evidentemente la resurrección de Lázaro fue sólo un ensayo, un anuncio. Y el verdadero y más profundo milagro de aquel día, más que la misma recuperación de la vida terrenal, fue el encuentro de Lázaro con Jesús. Un milagro que toda persona puede experimentar.

Cuando una persona experimenta el encuentro con Jesús, la percepción de ese encuentro, es retrospectiva, es como volver a vivir; la experiencia marca en forma determinante la nueva vida del creyente, impulsándole a una vida de gozosa alabanza, estimulante estudio de la Biblia y festiva fraternidad, en un ambiente de paz divina.
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Debemos ahora proseguir a ver las consecuencias de la señal. Juan pudo pintar a su final un estallido de entusiasmo, alabanzas, gratitud… En vez de eso nos relata en los versículos 45 al 54 la dramática reacción que provocó.

De la misma manera que el sol brilla sobre el barro y lo endurece, y brilla sobre la cera y la ablanda, así este gran milagro, esta señal, endureció irremediablemente algunos corazones para la incredulidad y ablandó a otros para la fe.

“Entonces muchos de los judíos que habían venido… y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él” (v45) “Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho. Entonces los principales sacerdotes y los fariseos… acordaron matarle” (vv46-53)

Los fariseos poco hubieran tenido que temer a Jesús si éste hubiera sido un impostor. Era el conocimiento de su poder divino lo que les empujaba a la acción, porque eso era lo que le volvía verdaderamente peligroso.

Los fariseos no niegan los milagros de Jesús. Al contrario: lo que les alarma es precisamente que hace muchos y que la gente le seguirá cada vez en mayor número. Los fariseos estrecharán el cerco, no porque le crean un impostor, sino porque se dan cuenta de que no lo es.

Jesús lo sabe: tenía razón en el fondo Tomás al decir que subir a Jerusalén (y de allí a Betania) era ascender a la muerte. Jesús no sólo se ha metido en la madriguera del lobo, sino que le ha provocado con un milagro irrefutable.

La resurrección de Lázaro no dejaba escapatoria: o creían en él o le mataban. Y los fariseos habían decidido no creer en él. Por eso esta resurrección era el sello de su muerte.
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Pero aún no había llegado su hora. Por eso señala el Evangelio de Juan que, después de estos hechos, “Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó… a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos” (v54)

Ante los ojos de los fariseos se les había puesto la prueba definitiva: habían visto, sin lugar a dudas, un muerto de cuatro días levantándose con sólo una palabra; había ocurrido a plena luz del día y ante todo tipo de testigos, amistosos y hostiles; tenían allí al resucitado con quien podían conversar y cuyas manos tocaban. Pero su única conclusión era que tenían que matar a Jesús y si era necesario eliminar su prueba: Lázaro (12:9-11)

Por eso, los ojos de Jesús volverán a llenarse de lágrimas, unos días después, frente a la ciudad de Jerusalén (Lucas 19:41-44) Un día, esa ciudad será asolada porque no supo, no quiso entender. Y serán los jefes de ese pueblo los responsables; los mismos que ahora tienen una decisión tomada.

Y Jesús ve ya esa ciudad destruida, arrasada, sin que quede en pie una piedra sobre otra. Y llora. Porque quiere a esa ciudad como quiere a Lázaro.

Jesús es la resurrección y la vida, pero sólo para quien cree en él. Aquel que no quiere creer, sigue muerto.

Lázaro, en realidad, dormía, su alma no se había corrompido, no olía a podredumbre. Los fariseos, que horas más tarde en su madriguera habrían de decidir la muerte de Jesús, creían estar vivos. Pero sus almas olían mucho peor que la tumba de Lázaro.

¿Cuál es tu decisión frente a Jesús? El es la vida que tú estás buscando.